A bajo estaba, primero, Zacharie; Levaque y Chaval se escalonaban encima; y, por fin, en todo lo alto, Maheu. Todos picaban el lecho de esquisto, hundiendo en el una punta de hierro, la parte superior. La hulla era grasienta, el bloque se rompía y rodaba en trozos a lo largo del vientre y de los muslos. Cuando estos trozos, retenidos por la plancha, quedaban amontonados a sus pies, los picadores desaparecían, enumurados en la estrecha hendidura. Maheu era quien más sufría. Arriba, la temperatura alcanzaba hasta los treinta y cinco grados, ni circulaba el aire y a la larga el ahogo resultaba mortal. Para ver con claridad había tenido que fijar la lámpara en un clavo, junto a su cabeza; y esa lámpara que calentaba su cráneo terminaba quemándole la sangre. Pero su suplicio se agravaba más todavía con la humedad. Por encima de él, a unos centímetros de su cara, la roca rezumaba agua, gruesas gotas continuas y rápidas que caían con una especie de ritmo obcecado, siempre en el mismo lu...